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Globalia: intuición contra gestión

Una empresa; el proyecto de coordinar un montón de recursos para producir riqueza, valor añadido; el trabajo colectivo de un grupo de personas para ofrecer algo de valor a los demás puede organizarse y dirigirse de diversas formas. La más básica es el instinto, la intuición, el olfato, la gracia, la genialidad. Es lo que ocurre con un buen panadero, fontanero o pintor que más o menos conoce aquello a lo que se dedica, que tiene capacidad, que sabe moverse y que, al fin y al cabo, monta su negocio con éxito. Por supuesto, todos entendemos que esta es la forma más básica y elemental de empresa, la que no merece mucha atención en las escuelas de negocios, aquella a la que le perdonamos casi todo porque nos cae bien, porque ya bastante hace con salir adelante.

Las cosas son diferentes, muy diferentes, en el otro extremo: las empresas complejas, organizadas, sistemáticas, con estrategias, procedimientos. Estas exigen rigor, sistema, modelos. Y sus directivos tienen competencias, saben a lo que se dedican, miden su tiempo, sopesan sus decisiones, emplean el análisis y la cooperación colectivas. Estas son las grandes empresas, las complejas, las que actúan en varios ámbitos comerciales o industriales a un tiempo. Las que emplean a profesionales preparados, competentes, responsables.

Sin embargo, hay una gran empresa en el sector del turismo y el transporte en España que opera con los mecanismos elementales de la intuición, pese a su tamaño; que improvisa y no estudia pese a la complejidad de su estructura; que es todo emocionalidad y nada racionalidad aunque se juega su futuro. Esa es Globalia.

Estos días vemos cómo Juan Arrizabalaga se largó. Antes vimos cómo hacía lo propio Pedro Serrahima. Lógico. Un ejecutivo tiene un método, un procedimiento, unas competencias, que en una empresa emocional carecen de utilidad. Arrizabalaga, como Serrahima, tardaron lo que tarda un profesional en construir un diagnóstico de la situación, quizás hayan hecho algún tímido intento de explicar que así no se va a ningún lado y, cuando tienen las cosas claras, buscan la salida menos dañina para ellos y las empresas. Lógico.

Lo verdaderamente excepcional no es que Globalia padezca estas situaciones, lo increíble es que haya llegado a ser una gran empresa con métodos caseros, rústicos, propios de una empresa de un puñado de empleados. Esa, probablemente sea la genialidad de Pepe Hidalgo pero, también, es su losa. Porque en las grandes empresas no hay lugar para la creatividad desorganizada, para los golpes de suerte. Todo, incluso la genialidad, se tiene que encauzar, sistematizar, programar. La intuición queda limitada a pocas cosas, por el bien de lo que nos jugamos.

Esa es la gran paradoja de Globalia: al tiempo que es admirable por haber llegado hasta aquí, nos demuestra que no tiene capacidad para profesionalizarse, para entrar en un entorno de gran empresa. Su éxito se basa en la emoción, lo contrario de lo que necesita para sobrevivir, o al menos para hacerlo con profesionales competentes.

Fuente: El Preferente

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