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El virus nos enseña a desembarcar

Con motivo de la epidemia de coronavirus, las aerolíneas exigen a los pasajeros que, al llegar al aeropuerto de destino, no se pongan de pie antes de que los pasajeros de la fila anterior hayan podido marcharse. 

Todos, inicialmente, habríamos pensado que las cosas serían más lentas. No he cogido el reloj para hacer un estudio, pero mi impresión es que si se tarda más, que lo dudo, desde luego no es mucho más. Pero el tiempo es el menor de los problemas. La nueva forma de desembarcar tiene ventajas incontables. Y, sobre todo, permite comprobar que el ser humano es capaz de la estupidez de ponerse de pie y esperar incómodamente durante mucho tiempo, durante años y años, sin aprender por sí mismo que esto es estúpido. Ha sido el virus quien nos ha enseñado y yo espero que sea su legado positivo para el futuro. Algo, algo, teníamos que aprender de esta vez.

Por ejemplo, ponernos de pie sólo inmediatamente antes de poder dejar el asiento nos evita empujones, meter el codo en el ojo del vecino, pasar maletas por encima de las cabezas para que finalmente acaben atravesadas entre dos pasajeros; ahorramos tiempo de posiciones físicas absurdas, con un pie cruzado encima del otro porque en el estrecho pasillo ya no caben más pies; dejamos de oler sobacos desagradables y, también, podemos estar ese tiempo cómodamente sentados.

No todo lo que nos ocurre con el virus tenía que ser malo. 

Ahora sólo falta que aprendamos a embarcar sin empujarnos ante las puertas… Pero esto me da que el virus no nos lo ha enseñado porque aún sigue siendo bastante atropellado.

Fuente: El Preferente

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