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El romance Air Europa Ryanair

Un amigo mío es promotor de naves industriales. Un día, ya hace bastantes años, pensó que una de las grandes hoteleras españolas, que tenía una sede urbana, podría instalarse en una de sus naves. Su razonamiento era que las oficinas en el centro de la ciudad son caras, los empleados no necesitan estar en ese lugar e, incluso, agradecerían ser trasladados a donde no haya ni atascos ni problemas de aparcamiento y, sobre todo, el precio del metro cuadrado en sus naves sería muchísimo más barato que el que la empresa en la que pensaba estaba pagando. Todos ganaban.

Así que pidió verse con el ‘jefazo’ y propietario de la hotelera, para hacer un negocio. Acudió y le explicó su idea. Le dijo los pros y los contras y, como no podía ser de otra manera, su interlocutor estuvo de acuerdo. “¡Qué buena idea!” le dijo. Pero no hubo acuerdo en el precio. Mi amigo le ofreció un precio que era la prácticamente la mitad de lo que costaba el suelo en el centro de la ciudad, pero el hotelero le respondió que no, que quería que le costara la cuarta parte. La discusión se prolongó varios días hasta que en la última reunión mi amigo le confesó al hotelero que “creo que usted pretende ser el único que gane en esta operación”. Por supuesto, era verdad. A los pocos meses, la hotelera trasladó su sede a una nave que había comprado a precio de saldo y rehabilitado directamente, siguiendo el consejo de mi amigo, pero sin dejarle ni una miga del pastel.

Cuando hace tres años, una mañana comparecieron en Madrid Javier Hidalgo y Michael O’Leary, anunciando que firmaban un acuerdo de cooperación, recordé a mi amigo el promotor de naves industriales cuando me decía que con ciertos empresarios no se puede hacer negocio porque quieren el cien por ciento de los beneficios en todas las operaciones. Me acordé de él porque no existe ningún otro empresario en la historia que se haya sentado con O’Leary y se haya llevado una simple migaja de un pastel: todo es para él, todo para Ryanair.

Ahora, pasados los años, vemos que, efectivamente, en esta operación Air Europa nunca podía haber ganado nada y, lógicamente, no ganó nada. O’Leary no arriesgó ni un euro, ni un viajero, ni un asiento de avión. Era simplemente una operación mediática que no sirvió para nada. Lo máximo que se le puede arrancar al irlandés: que no arriesgue nada.

Preferente, aquella misma mañana del acuerdo presentado a bombo y platillo escribió que no entendíamos qué ganaba Air Europa. Sí, sus vuelos iban a estar a la venta en la web de Ryanair, pero ¿quién entraba a Ryanair para comprar un vuelo de Air Europa? Pues los mismos que compran flores en la web de Endesa o los que adquieren viajes en la web de Media Markt. Nadie.

Pasados los años, las evidencias demuestran que no nos equivocábamos, pese a que en aquel momento parecíamos aguafiestas.

Nuestro amigo O’Leary, por su parte, mantiene su récord personal: jamás ha hecho un acuerdo con otro en el que comparta beneficios. O se lo queda todo, o es que no hay nada que repartir.

Fuente: El Preferente

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